Introdujo las manos entre las prendas y se detuvo en seco cuando sus dedos chocaron con algo duro. Animado por el descubrimiento, agarró el objeto y lo sacó.

La caja de alabastro.

Se acercó a una de las ventanas para verla mejor y descubrió que tenía el tamaño de un libro y que no era una caja normal sino más bien, un rompecabezas. Simon maldijo su suerte. Sabía abrir cualquier cosa; en función de la dificultad, podía tardar unos minutos o varias horas en descubrir la combinación correcta. Pero aquélla parecía tan complicada que cruzó los dedos.

Se armó de la paciencia que tan bien le había servido a lo largo de los años y pasó los dedos por encima de la superficie lisa y fría para ver si encontraba algún resorte. Todas las cajas que había abierto hasta entonces eran de madera y tenían diseños intrincados que facilitaban la búsqueda; sin embargo, aquélla parecía una pieza maciza de alabastro y no tenía más marcas que las vetas naturales del mineral.

Pasó un buen rato antes de que lograra encontrar el resorte. Por desgracia, sólo abría un panel minúsculo y tuvo que seguir con la búsqueda. Durante los quince minutos siguientes, el único ruido que se oyó en el dormitorio fue el del reloj de la repisa mientras él daba vueltas y más vueltas al objeto. Por fin, consiguió su objetivo. Estaba a punto en encontrar la carta y resolver el misterio. La caja se abrió, Simon suspiró y miró dentro.

Estaba completamente vacía.

Frunció el ceño, metió los dedos en su interior e hizo una mueca de disgusto; obviamente, la señora Ralston había sacado la carta de la caja.

Tras comprobarla de nuevo para asegurarse de que no había pasado por alto ningún compartimento secreto, la cerró y la devolvió a su sitio mientras se preguntaba dónde la habría metido y por qué la habría sacado de allí. Cada vez sospechaba más de aquella mujer, pero seguía sin saber qué papel desempeñaba en el círculo mortal que se cerraba implacablemente sobre él.



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