– Y un cuerno. Llevo tranquilo demasiado tiempo y no he conseguido nada.

Kelly no respondió. En lo que a ella se refería, la reunión había terminado. Se puso de pie y tomó su sombrero y su chaqueta. Entonces, abrió las persianas.

– Tengo trabajo que hacer, McCafferty. El detective Espinoza ha dicho que te llamará y te prometo que lo hará -afirmó. Con eso, abrió la puerta y, en silencio, lo invitó a marcharse-. ¿Entendido?

– Si eso es todo lo que puedes hacer…

– Lo es.

Matt se caló el sombrero y miró a Kelly de un modo que le indicaba claramente que aquélla no iba a ser la última vez que lo viera. Con eso, se marchó del despacho, pasó por delante de Stella y se fue. Por lo que Kelly pudo verle por debajo de la chaqueta, los vaqueros que llevaba puestos habían visto tiempos mejores. No se molestó en ponerse guantes ni en abrocharse la chaqueta. Seguramente estaba bastante caldeado por la ira que Kelly y Espinoza habían despertado en él.

Cuando abrió la puerta, una vez más, una bocanada de aire tan frío como si viniera del Polo Norte inundó la sala. Con eso, se marchó. La puerta volvió a cerrarse detrás de él.

– Tanta paz lleves como descanso dejas -musitó Kelly. Se sentía bastante irritada por haberlo encontrado tan atractivo. Además, notó que Stella se había olvidado de contestar el teléfono o de trabajar en el ordenador sólo para no poderse detalle alguno de su salida.

Mientras se cuadraba el sombrero y se ponía la chaqueta de su uniforme, Kelly pensó que, efectivamente, aquel hombre significaba malas noticias.

Dos

Matt tamborileó con los dedos sobre el volante de su furgoneta. La nieve caía abundantemente por la carretera. Encendió los limpiaparabrisas y la radio para escuchar una emisora local con la esperanza de encontrar la predicción meteorológica.



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