Frunció el ceño y apretó los ojos para tratar de ver mejor el camino que lo llevara al rancho. Tal vez había cometido un error cuando decidió ir a la ciudad y entrar como un caballo desbocado en la oficina del sheriff para obtener respuestas.

No había conseguido nada.

De hecho, aquella detective pelirroja lo había puesto en su lugar. Resultaba turbador. Irritante. Insultante. Kelly Dillinger lo había turbado más de lo que debería. No podía sacársela del pensamiento. Tenía la piel pálida y unos profundos ojos color chocolate. El cabello era de un vibrante color rojizo, que, en opinión de Matt, se podía comparar con su temperamento. Las pelirrojas eran siempre mujeres de temperamento muy apasionado. Además, no se había dejado amilanar por él. Como si fuera un hombre, aunque distaba mucho de parecerlo. Pese a que su constitución era atlética, resultaba muy femenina. Matt se había dado cuenta de ello perfectamente y se lamentaba de que así hubiera sido. El uniforme se le estiraba muy seductoramente por encima de los senos y le ceñía la cintura y las caderas. Aquella mujer tenía curvas… y qué curvas, aunque se esforzara mucho por ocultarlas.

Siempre había escuchado que las mujeres se sentían atraídas por los hombres de uniforme, pero jamás hubiera esperado que funcionara también a la inversa, y mucho menos con él. No. A él le gustaban las mujeres femeninas, las que resaltaban sus armas de mujer. Le encantaban las camisetas ceñidas, las minifaldas o los vestidos largos con aberturas laterales, que mostraban gran parte de la pantorrilla y el muslo. Había visto también pantalones y camisas de seda que resultaban también muy sexys, pero jamás se habría imaginado que un uniforme pudiera serlo, y mucho menos uno del departamento del sheriff del condado. No obstante, no había podido evitar fijarse en Kelly Dillinger. A pesar del su enojo cuando entró en el departamento del sheriff, le había costado mucho centrar la atención en lo que lo había llevado hasta allí.



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