
El cabello ralo y blanco de John Randall se revolvió con el viento. Tenía el rostro pálido y delgado, pero aún se adivinaba chispa en aquellos ojos azules. Adoraba sus tierras más que a nada, incluso más que a sus hijos.
– He tratado de convencerlo para que no haga esto -protestó Juanita mientras colocaba la silla de ruedas cerca de la valla donde Harold, el viejo spaniel de John Randall que también estaba parcialmente tullido, se había acomodado a la sombra de un solitario pino-, pero ya sabes cómo es. Demasiado terco.
– Y bien que me ha venido serlo -replicó el anciano mientras utilizaba los maderos de la valla para ponerse de pie. Estaba delgado. Demasiado delgado. Los vaqueros y la camisa de franela que llevaba puestos le estaban demasiado grandes. Sin embargo, consiguió sonreír mientras se inclinaba sobre el madero superior y observaba a su hijo mediano.
– Tal vez tú puedas inculcarle un poco de sentido común -dijo Juanita mirando a Matt con preocupación mientras murmuraba algo más sobre los hombres locos y orgullosos.
– Lo dudo. Nunca he podido hacerlo.
El viejo McCafferty indicó a Juanita que se marchara con un gesto de la mano.
– Estoy bien. Necesitaba un poco de aire fresco. Ahora, quiero hablar con Matt. El me llevará al interior de la casa cuando hayamos terminado.
Juanita no pareció convencida, pero Matt asintió.
– Creo que podré ocuparme de él -le dijo a la mujer que había ayudado a criarlo de niño. Juanita chasqueó con la lengua ante lo absurdo de aquella situación y regresó rápidamente a la casa, la única que Matt había conocido en toda su vida.
