– Ese -comentó John Randall señalando al potro con la barbilla-, te va a hacer sudar lo tuyo. Como muchas mujeres -añadió mirando con conocimiento de causa a su hijo.

Matt se sentía muy irritado. Se secó el sudor de la frente y le dio un manotazo a una mosca que se había acercado demasiado.

– ¿Has venido hasta aquí tan sólo para decirme eso? ¿Para esto ha tenido que empujarte Juanita hasta aquí fuera?

– No -respondió el anciano. Entonces, con cierto esfuerzo, se metió la mano en uno de los bolsillos de los vaqueros que llevaba puestos-. Tengo algo para ti.

– ¿El qué? -preguntó Matt. Sintió inmediatamente el aguijonazo de la sospecha. Siempre había tenido que pagar un precio por los regalos de su padre.

– Se trata de algo que quiero que tengas… Bueno, toma.

John Randall se sacó una hebilla de plata muy grande del bolsillo. Tenía incrustado un potro salvaje de oro que se erguía sobre las patas traseras. Aún estaba tan brillante como el día en el que John Randall se lo puso para un rodeo en Canadá más de cincuenta años atrás. La colocó sobre la callosa mano de su hijo.

– Antes la llevabas siempre puesta -observó Matt tensando la mandíbula.

– Sí. Me recordaba aquellos años de mi juventud -comentó. Se volvió a sentar en su silla de ruedas. La emoción de la añoranza se le había reflejado en los ojos-. Unos años muy buenos -añadió, con tristeza. Entonces, parpadeó antes de mirar a su hijo-. No me queda mucho en este mundo, muchacho -susurró. Antes de que Matt protestara, John levantó una mano para hacer que guardara silencio-. Los dos sabemos que no tiene mucho sentido discutir sobre estos hechos. El de ahí arriba está a punto de llamarme… es decir, si el diablo no me reclama primero.

Matt volvió a apretar la mandíbula. No dijo ni una sola palabra. Se limitó a esperar.

– Ya he hablado con Thorne sobre el hecho de que me estoy muriendo y, como tú eres el siguiente en la línea de sucesión, pensé que debía hablar contigo a continuación. Slade… bueno, ya me pondré al día con él muy pronto. Bueno, sé que he cometido errores en mi vida, el buen Dios sabe que fallé a tu madre…



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