– Veo que has estado muy ocupada -comentó mostrándole un periódico-. Están ocurriendo muchas cosas.

– Como siempre.

– Así es como yo lo recuerdo. Incluso en mis tiempos, nunca había suficientes hombres en el cuerpo.

– Ni mujeres.

– Por aquel entonces no había ninguna mujer -replicó Ron.

– Tal vez por eso no erais tan eficientes -bromeó Kelly. Ron la golpeó con su periódico.

A continuación, Kelly se dirigió a la cocina, donde se vio recibida por un coro de gritos de alegría de sus sobrinos, Aaron y Spencer, que no parecían relajarse nunca.

Los muchachos se lanzaron sobre ella y estuvieron a punto de tirar a su madre al suelo al hacerlo.

– ¡Tía Kelly! -gritó Aaron-. Aupa, aupa -dijo el niño, de tres años. Kelly lo tomó encantada del suelo. El pequeño llevaba un bocadillo medio aplastado en una mano y un camión de juguete en la otra. Tenía toda la cara manchada de mantequilla de cacahuete-. Has vinido.

– Así es.

– Venido. Se dice «has venido» -lo corrigió Karla.

– Eres un bebé -se mofó Spencer.

– ¡No es verdad! -gritó Aaron.

– Claro que no -lo defendió Kelly mientras lo dejaba en el suelo y se preguntaba cuánta mantequilla de cacahuete tenía pegada en el jersey-. Ni tú tampoco -le dijo a su otro sobrino, que tenía un enorme hueco donde antes habían estado sus dos incisivos superiores. Spencer, un niño pecoso de ojos azules y listo como el hambre, disfrutaba burlándose de su hermano, que lo era tan sólo por parte de madre. Karla, que era dos años menor que Kelly, había estado casada en dos ocasiones, divorciada otras tantas veces y había decidido que iba a prescindir de los hombres y del matrimonio para siempre.

– Toma, tú puedes hacer el puré de patatas -le dijo Karla a Spencer, mientras tomaba una toallita húmeda y salía corriendo detrás de Aaron para limpiarle la cara.

El niño fue corriendo hacia el salón.



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