
– ¡Genial, Kelly! Mamá acaba de sacar un delicioso asado de cerdo del horno y, por cómo huele, te aseguro que está para morirse.
Kelly sintió que el estómago comenzaba a protestarle y se dio cuenta de que no había comido desde el yogur y la magdalena que se tomó para almorzar.
– Esperábamos que pudieras reunirte con nosotros.
Miró los papeles que tenía sobre la mesa y sopesó las opciones que tenía. Quería repasar toda la información que tenía sobre Randi McCafferty, pero se imaginó que, primero, podría dedicarle un poco de tiempo a la familia.
– Está bien. Dame unos minutos para cambiarme. Estaré allí dentro de media hora.
– Que sean veinte minutos, ¿de acuerdo? Mis niños están muertos de hambre y, cuando tienen hambre, se ponen de muy mal humor.
– Eso no es cierto -replicó uno de los niños.
– Date prisa -suplicó Karla-. Están bastante inquietos.
– Estaré allí en un santiamén.
– Bien. Pon las luces y la sirena y vente a toda prisa.
– Hasta luego.
Kelly se quitó el uniforme y se puso unos vaqueros y su jersey de cuello alto favorito. A continuación, se tomó un minuto para peinarse, se puso un abrigo largo y botas y se metió en su viejo Nissan, una reliquia que le encantaba. Tenía quince años, más de doscientos cincuenta mil kilómetros, pero jamás la había dejado tirada. En un semáforo, se pintó ligeramente los labios, pero consiguió llegar a casa de sus padres en el tiempo estipulado.
– ¡Kelly! -exclamó su padre mientras empujaba su silla de ruedas al comedor donde la mesa ya estaba puesta.
Ron Dillinger, que una vez fue un hombre alto y atlético, llevaba veinticinco años postrado en aquella silla de ruedas como resultado de una bala que se le alojó en la espalda y le dañó la médula espinal. Por aquel entonces, era ayudante del sheriff.
– Me alegro de que hayas podido venir -afirmó.
– Yo también, papá -dijo ella antes de darle un beso en la frente.
