
Quisiera, pero no lo haré. Tu libertad no es la mía.
Mientras tanto, tú permaneces prisionero en el Castillo de If, un Tántalo involuntario que jamás tocará los frutos que conoce y que no merece. La verdad, mi amigo, es que yo necesitaba a otro prisionero que tomara mi lugar y transmitiese, un día, las vestimentas deshebradas de mi sabiduría al siguiente prisionero injustamente encarcelado en la celda 34, comunicada a la mía por un túnel de veinte pies de largo.
Enloquece, Dantés, hablándole al siguiente preso de los tesoros de la isla. Toma mi lugar, Dantés, como narrador enloquecido de esta historia.
¡Qué alegría! Vuelo como un pájaro herido. Caigo al mar. Rasgo mi mortaja con la navaja de mis trenzas. Floto en silencio. Me recogen los contrabandistas. Llego a la isla. Me despido de mis salvadores. Soy un viejo loco. Levantan los hombros y despliegan las velas. Yo penetro las cuevas de la isla. Llego al tesoro oculto del cardenal Spada. No me atrevo a abrir el cofre. No quiero una desilusión más en la vida que me queda. Me siento enfrente del cofre.
La isla no se llama Montecristo. ¿Me esperaría aún, después de tantos años, Carolina Grau?
Brillante
Primero, creí que el brillo de mi estómago era un don especial de la naturaleza (o de Dios) cuando se manifiesta en el embarazo de una mujer. Me brillaba el vientre del ombligo al pubis. Yo no me sentía alarmada, sino bendita. Recordaba la noche en que mi marido me embarazó y no pude excluir la posibilidad de un milagro. O por lo menos de una ocurrencia sobrenatural.
