
5.
No sé cuál sea mi suerte. Si me entierran en tierra arable, podré escarbar y salir. Si soy sepultado bajo tierra pesada, me sofocaré. Si arrojan mi cadáver al mar, podré morir estrellado contra las rocas. Precipitado cincuenta pies al mar, puedo ser balaceado si descubren a tiempo mi ausencia. En todo caso, deberé nadar una hora antes de alcanzar la tierra firme o una isla.
La evasión mejor pensada depende del azar.
Los carceleros no se extrañaron de mi escaso peso. Saben que como muy poco: ellos me alimentan. Voy dentro de la mortaja adonde me introduje abriéndola con la finísima daga que escondo entre mi luenga y trenzada cabellera, una daga finísima. Me cargan entre dos guardias a lo largo de las escaleras podridas y las galerías malolientes del Castillo de If. Escucho rumores carcelarios de cadena y llave, de portón y gozne. De súbito, me pega en la boca de la nariz el aire fresco y el sabor salobre del mar.
Ciego en mi mortaja, corren por mi cabeza embrujada al límite de la lucidez los acontecimientos del último día. Pero los hechos son precedidos (y presididos) por las razones. Hechos: introduje una poción herbolaria para el sueño prolongado en la taza de agua de Edmundo Dantés. Esperé a que se quedara dormido y regresé a mi propia celda. Allí, tomé una segunda poción que ingerida a tiempo permite fingir la muerte durante las próximas doce horas. Las calculé de acuerdo con el puntual arribo de los carceleros. No supe qué sucedió, pues cuando recuperé el conocimiento ya iba cosido dentro de mi mortaja rumbo al cementerio del Castillo de If.
Desperté con la mente más lúcida que un doblón ecuatoriano. Tan lúcida que vi más claro y más lejos que Edmundo Dantés. Mi joven amigo, encarcelado hasta el fin de sus días en el Castillo de If, no habría sabido qué hacer con la libertad.
