
Formé su espíritu como se crea una estatua a partir de la arcilla: le di ojos de lobo para ver de noche, orejas de conejo para escuchar de lejos, ojos de águila para ver en todas las direcciones, nariz de topo para escarbar la tierra, boca de león para devorarlo todo, colmillos de víbora para envenenar el paraíso y sobre todo lo que sólo un italiano como yo puede enseñar: mantener las apariencias de una cortesía extremada mientras el corazón ruge con la impaciencia del mal y la venganza se domina a sí misma como un tigre que adivina de lejos a sus víctimas. Yo te enseñaré a combinar la bella figura con la virtud, la necesidad y la fortuna, para que alcances tus fines sin sacrificar la belleza en el altar del crimen.
3.
Me ofendió. Edmundo Dantés me ofendió seriamente. Tras tres años de educarlo con un esfuerzo no ajeno a la satisfacción, le revelé mi secreto. Yo, el abate Faría, era dueño del mapa de un tesoro fabuloso escondido en una cueva de la isla de Montecristo. Dantés me miró con incredulidad total. El conocía ese islote al sur de Marsella. Era un islote que aparecía en el mar como la cúspide de una montaña hundida. Allí sólo había cabras y espinas. Dantés se rió. Su mirada era elocuente: me consideraba un loco inofensivo.
Tuvo la consideración de estudiar el mapa y de interrogarme con el ceño. ¿De qué servía esa ruta del tesoro a dos prisioneros que jamás saldrían del Castillo de If? Sentí en su disposición varias actitudes desagradables. Una, llevarme la corriente. Otra, tranquilizar al loco a fin de compartir sin rija la buena (la única) compañía de la cárcel.
