Pero en medio del banquete, fuiste arrestado y conducido ante el procurador Villefort, al que ingenuamente le entregaste la carta que te encomendaron en la isla de Elba. El procurador leyó la carta y te envió a esta prisión, donde eres sólo el número 34: cordero inocente, te condenaste a ti mismo. La carta maldita iba dirigida al padre del procurador, un renombrado bonapartista cuyo partidismo comprometía la posición del hijo en el régimen monárquico restaurado. Fuiste, sin saberlo ni quererlo, un emisario del regreso de Bonaparte y la aventura de los Cien Días.

Ingenuo. Inocente. No te has preguntado siquiera: ¿A quién le conviene mi cautiverio? Te abro los ojos. Ya sabes quiénes te burlaron. Ya conoces a tus enemigos. El segundo de a bordo. El suspirante a la mano de tu novia. Y el fiscal, protector de su padre al precio de tu libertad. Te abro los ojos: ya nunca serás el marino imberbe a punto de volverse loco en un hoyo del Castillo de If. Ya tienes una misión en la vida: vengarte de tus atroces enemigos. Te faltan las armas de la vendetta: el conocimiento del mundo y de las pasiones, las debilidades de tus adversarios y los medios para destruirlos. No basta el dinero para dominar. Se necesita, sobre todo, la inteligencia.

Veo en tu mirada dos luces antagónicas: quieres vengarte pero eres prisionero; eres prisionero y no sabes cómo escapar.

– ¡Ah! -exclamo-. No hay prisionero para la mente y el conocimiento. Yo te daré la sabiduría, pues la primera cárcel del hombre es la ignorancia…

Así empezó mi curso expeditivo de tres lenguas muertas, cinco vivas, astronomía y geografía (mi alumno creía que cada atardecer el sol desaparecía dándole la vuelta a la Tierra inmóvil), finanzas (altas y bajas, pues éstas sostienen a aquéllas), política (yo hice mis armas en la Italia irredenta como secretario del cardenal Rospigliosi, con la esperanza de unificar la península) y sobre todo la pasión, pasión de la venganza, pasión del dinero, pasión del sexo, pasión del poder. Fui llenando gota a gota, hasta convertirlos en un torrente, los odres vacíos del alma inocente de Edmundo Dantés.



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