
Ingenuo. Inocente. No te has preguntado siquiera: ¿A quién le conviene mi cautiverio? Te abro los ojos. Ya sabes quiénes te burlaron. Ya conoces a tus enemigos. El segundo de a bordo. El suspirante a la mano de tu novia. Y el fiscal, protector de su padre al precio de tu libertad. Te abro los ojos: ya nunca serás el marino imberbe a punto de volverse loco en un hoyo del Castillo de If. Ya tienes una misión en la vida: vengarte de tus atroces enemigos. Te faltan las armas de la vendetta: el conocimiento del mundo y de las pasiones, las debilidades de tus adversarios y los medios para destruirlos. No basta el dinero para dominar. Se necesita, sobre todo, la inteligencia.
Veo en tu mirada dos luces antagónicas: quieres vengarte pero eres prisionero; eres prisionero y no sabes cómo escapar.
– ¡Ah! -exclamo-. No hay prisionero para la mente y el conocimiento. Yo te daré la sabiduría, pues la primera cárcel del hombre es la ignorancia…
Así empezó mi curso expeditivo de tres lenguas muertas, cinco vivas, astronomía y geografía (mi alumno creía que cada atardecer el sol desaparecía dándole la vuelta a la Tierra inmóvil), finanzas (altas y bajas, pues éstas sostienen a aquéllas), política (yo hice mis armas en la Italia irredenta como secretario del cardenal Rospigliosi, con la esperanza de unificar la península) y sobre todo la pasión, pasión de la venganza, pasión del dinero, pasión del sexo, pasión del poder. Fui llenando gota a gota, hasta convertirlos en un torrente, los odres vacíos del alma inocente de Edmundo Dantés.
