Una cosa le agradecí a Dantés, y es que, a diferencia de mis carceleros, nunca dijo: "Si el abate fuera rico, no estaría en la cárcel". Me bastaba esa prueba para confiar en él y sentir que mis enseñanzas no eran en vano. Si el prisionero de al lado me hubiera dicho: "Si es usted tan rico, ¿por qué está en la cárcel?", habría dejado de hablarle. Habría clausurado el túnel, condenando al marino a la soledad. No, él creyó en mí dentro de los límites de la cortesía y sin hacerme blanco de la burla. Tomaré siempre en cuenta esta diferencia cuando yo determine el porvenir de Edmundo Dantés.

Ese destino contrasta con el mío, porque Dantés le teme al olvido. Yo le temo a la muerte. Es por ello que me acerco a ella como se tienta a un amante: para poner a prueba su cariño. ¿Es el sufrimiento una etapa indispensable del amor? Eso le dije una noche a Dantés: "Ya no me quedan fuerzas para sufrir más, amigo mío. A ti sí". Ya no sé si lo afirmé o lo interrogué: "¿A ti sí?". Una leve entonación cambia el sentido de una frase, dándonos a entender las contradicciones que se esconden, como animales acechantes, en toda mente humana. "A ti sí." "¿A ti sí?" Bastaba esa leve inclinación de la afirmación a la pregunta para establecer la diferencia entre lo que pasaba por la cabeza de Dantés y lo que tenía lugar en la mía. El "A ti sí" de Dantés eran palabras de seguridad. Él había resistido todas las pruebas, desde la inocencia inicial hasta las del desencuentro actual. Noté en cada etapa una sensación de fortaleza. Fuerte para sufrir la injusticia, fuerte para resistir el tiempo de la cárcel, fuerte para escapar de aquí, fuerte para ejercer la venganza… Era yo, Faría, quien debía convertir la afirmación en duda. ¿Me quedan fuerzas? ¿A mí sí? Y la respuesta era negativa. A los sesenta y nueve años, después de diecisiete en esta cárcel, no me engañaba: tenía pocas fuerzas y no las podía malgastar ni confiar en ellas como Dantés.



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