
Gracias a la compañía del impetuoso marinero mi discípulo, me di cuenta cabal de mi dilema. Él podía darse el lujo de esperar. Yo no.
4.
Creo haber sido generoso. Fortalecí su ánimo de mil maneras. Le enseñé a fabricar bandas de papiro con jirones de la ropa. Le demostré cómo convertir en pluma fuente un cartílago de merluza. Me preguntó: ¿y la tinta? Le respondí: con sangre. La tinta se hace con sangre. Todo lo que importa se escribe con sangre.
Lo informé. Extraje del escondite en la pata de mi catre el cilindro y del cilindro el mapa de la isla y la ubicación del tesoro. Era un papel blanco y vi el escepticismo en la mirada de Dantés. Acerqué el papel al fuego y se volvió amarillo, revelando la escritura de una tinta misteriosa y simpática. El mapa estaba medio quemado, pero yo rehíce el texto, usando la lógica para completar las frases incendiadas. Dantés no entendía la letra gótica. Se la descifré.
– ¿Dónde aprendió todo esto?
– En las cortes de Italia.
– ¿De dónde viene el tesoro?
– Perteneció a la familia Spada.
– ¿Por qué lo escondieron en la isla, en vez de disfrutarlo?
– Porque Spada fue hecho cardenal e invitado a cenar por el Papa Alejandro VI y su hijo César Borgia.
– ¿Qué tiene que ver?
– Si te invita a cenar el Papa, haz tu testamento. Spada besó el anillo envenenado del Pontífice y murió esa misma noche. Con sabia previsión, había escondido su fabulosa fortuna en la isla. Los Borgia fueron burlados por la muerte. De Spada sólo heredaron lo mismo que le ofrecieron: el capelo cardenalicio. Un sombrero rojo como la sangre.
– ¡Qué increíble historia!
– Nada es increíble en Italia, Dantés. Ese país es una alcachofa.
– ¿Cómo se come? -rió Dantés.
– Hoja por hoja. Italia nos enseña la paciencia y a ti te hará falta. Italia no se precipita. Mírame a mí. Quería la unidad italiana y por ello me mandaron a la cárcel. La unidad la trajo mi carcelero, Bonaparte. De mí se olvidaron. La historia se escribe sin lógica pero con víctimas. Italia está maldita.
