
Acabo de comprar mi nueva agenda. La estreno con pocas ganas de escribir. Sí, porque la verdad es que me gusta más enviar sms y mails y, cómo no, hablar por el Messenger. Pero claro, es necesario tener una agenda de papel para el colegio, así también puedes guardar las dedicatorias de las amigas (¡sobre todo eso!), de manera que la he comprado. Una fantástica Comix, como no podía ser de otro modo, ¡al menos de vez en cuando me río un poco!
Entramos a las ocho, y eso es ya de por sí dramático. Desde el principio resulta todo muy interesante: la de tecnología nos ha pedido que hagamos un paralelepípedo con una cartulina negra y que compremos un cuaderno de dibujo con hojas cuadriculadas.
– Traed también tres cuadrados de cartón de quince centímetros de lado, unas tijeras, pegamento y lápices HB -nos ha dicho después.
Pero bueno…, ¿qué se cree que soy? ¿Una papelería? ¡Me importan un comino los paralelepípedos! ¡Ya sé cómo son! ¡Mi móvil es un paralelepípedo!
Acaba la hora y, sin darnos tiempo a respirar, entra el profesor de inglés. En una mano lleva el habitual maletín destrozado y, en la otra, un lector de CD. Nos miramos estupefactos. Nos escruta desde detrás de sus gafitas de culo de botella.
– Mañana debéis traer una agenda con índice para anotar el vocabulario nuevo de fa canción que vamos a escuchar. Obviamente quiero que traigáis también los deberes de las vacaciones y dos cuadernos. ¡Repasadlo todo!
¿Cómo que todo? ¡Pero si acabamos de empezar! Tengo la impresión de que este año las cosas van a ir mal. Alis me pide la agenda. Se la paso. Veo que garabatea algo en la página correspondiente al 18 de septiembre. Pasada media hora, me la devuelve. Leo: «Palabreando. Arreglárselas: reparar el Range Rover de papá. Bovino: rumiante gordo aficionado al vino. Cósmico: cómico espacial.» Dejo de leer. La miro. Se está tronchando de risa. No sé qué decir.
Leone, el profesor de italiano, termina el inventario.
