Bueno, yo era poco más o menos así, exceptuando la guitarra y los pies descalzos… Dios mío, durante un tiempo probé también a tocar la guitarra, pero ¿sabéis esas cosas que heredas de tus hermanos y que pruebas a hacer bien por ti misma y al final te rindes porque entiendes que no estás hecha para eso? La guitarra en cuestión era de mi hermano; ahora Rusty James se ha agenciado una nueva, y él sí que la toca de maravilla. Yo, en cambio, he probado un millón de veces. He comprado partituras y todo lo demás, y si bien en la escuela de música no me iba mal del todo -es decir, había comprendido a la perfección dónde se ponían las notas, cuáles iban entre los espacios del pentagrama y cuáles sobre las líneas-, cuando después intentaba trasladarlo todo al instrumento, al principio la cosa funcionaba, pero luego tardaba tanto en encontrar la nota sobre la cuerda de la guitarra que al tocarla me olvidaba del sonido precedente, y mientras buscaba el primero y el segundo llegaba mi madre y gritaba: «¡La mesa está puesta!» ¡No sé por qué, pero el caso es que mis ejercicios de guitarra coincidían siempre con la hora de cenar! Bueno, la verdad es que creo que todos estamos dotados para algo y que muchas veces lo comprendemos demasiado tarde. Aunque también es cierto que, como dice nuestro profe Leone, nunca es demasiado tarde para nada. Y yo creo que he encontrado mi pasión y que, en cualquier caso, si es ésa, he necesitado catorce años para hallarla, es decir, el tiempo necesario para entender algo con profundidad, mirar alrededor y poder elegir. No hay nada más bonito que una elección. Y yo he elegido.

– ¡Holaaa!

Me abalanzo sobre Clod y acto seguido sobre Alis, ¡y mi exceso de felicidad casi nos hace rodar por el suelo a las tres!

– ¡Qué locura, qué locura! -Empiezo a brincar alrededor de mis amigas agitando los brazos de manera extraña-. ¡Soy un raro ejemplar de pulpo!



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