
– ¿Vives sola?
Ella asintió.
– En un apartamento aquí en Kingston. Después de la muerte de papá en primavera las tres vivíamos juntas allí.
– ¿No tienes más familia?
– No. Nuestros padres eran bastante mayores cuando se casaron y la mayoría de sus parientes ya habían muerto.
– Así que, virtualmente, estás sola.
Empezó a hacérsele un nudo en la garganta.
– Sí. Parezco una niña grande, ¿verdad?
– En absoluto. La mayoría de la gente suele tener parientes que vivan, al menos, en el mismo país. ¿Dónde encajas en la constelación de tu familia?
Piper creyó entender lo que decía.
– Aunque pueda sonar raro porque las tres somos trillizas, soy la segunda.
– Ah…
Eso fue todo lo que dijo, pero aparentemente aquello le respondía muchas preguntas.
– Hasta ahora nunca había estado tan sola. Y no hablo sólo de la separación física de mis hermanas. Es algo mental.
– ¿Acaso el reinado de los Tres Mosqueteros ha llegado a su fin? -añadió.
– ¡Sí! -gritó ella-. ¡Eso es! Una para todas y todas para una. Ahora ellas tienen marido y ya nunca volverá a ser lo mismo.
– ¿Estás enfadada por ello?
Piper había inclinado la cabeza.
– Sí, aunque sé que es horrible decir algo así.
– Te equivocas. Es la cosa más honesta que puedes decir. Si me hubieras contestado otra cosa no te habría creído.
– Es culpa mía que se hayan casado, así que no hay nadie más a quien culpar.
– ¿Quieres decir que apuntaste con una pistola a las cabezas de sus maridos para que les propusieran matrimonio a tus hermanas?
Sonrió a pesar de las lágrimas. Si supiera hasta dónde habían llegado las maquinaciones…
– No.
– ¿Entonces cómo puede ser culpa tuya?
