
– Perdóname por haberte robado tu precioso tiempo, señorita Piperre -dijo encogiéndose de hombros mientras volvía a ponerse la chaqueta-. No es necesario que me acompañes a la salida.
Al pasar por su lado para abrir la puerta sus brazos se rozaron, provocando una corriente eléctrica a través del cuerpo de Piper.
– Asegúrate de devolverle el anillo a Jan antes de salir del edificio -le advirtió con voz quebrada.
– Por supuesto.
¡Cómo que por supuesto!
Los ojos le picaron al mirar como se cerraba la puerta tras él.
¿Cómo se atrevía a invadir su espacio como un arrogante noble español de los de antaño? ¿Acaso esperaba que sólo por su droit de seigneur cayera rendida a sus pies?
– Peligroso, ¡por favor! -Indignada, se giró y entró en la oficina de Don. El la miró.
– Algo me dice que voy a perder a mi socia. Como te dije antes, creo que hay algo fatal para las trillizas Duchess en los genes de los Varano.
– Te equivocas, Don. Se ha marchado. He venido a pedirte disculpas por haberte puesto en una situación tan embarazosa. Si no te importa, prefiero quedarme a trabajar en la hora de la comida.
Después de cerrar la puerta que separaba sus despachos, se dirigió hacia su mesa de dibujo. Volver al trabajo era lo único que la mantendría alejada del dolor.
Cuarenta y cinco minutos más tarde Jan entró en su despacho.
– Me voy a comer con Jim.
Piper se levantó y se dirigió al escritorio, donde guardaba el monedero. Después sacó un billete de veinte dólares que ofreció a su asistente.
– Toma. Os invito. Es mi forma de decirte gracias por haberme dejado tu anillo.
– No es necesario -Jan no hizo el menor gesto para aceptarlo-. Me alegro de haber podido ayudarte -después de un breve intervalo de duda, añadió-: ¿Te sirvió?
– No volverá a molestarme nunca más.
– Debes de ser la única mujer del mundo que no quiera que un tipo como ése la moleste.
