Después de un incómodo silencio él dijo:

– Entiendo cómo te sientes.

Su benévola respuesta hizo que Piper se enfureciera aún más.

– Acepta mis disculpas por haberte pedido algo que es puro egoísmo de mi parte y que incluso puede llegar a ser peligroso. No volveré a molestarte.

Con una inapreciable aunque imperiosa reverencia que le eran innatas, se encaminó hacia la puerta.

– ¡Ah no! ¡No puedes hacer eso! -ella corrió y se interpuso en su camino para que no pudiera marcharse-. No puedes lanzar semejante bomba y marcharte así como así, dejándome pasmada.

Mientras trataba de recobrar el aliento, le pareció detectar una ligera sonrisa de satisfacción en sus labios. Ya que él siempre la había encontrado graciosa, debería estar acostumbrada a las horribles miradas condescendientes que le lanzaba. Desgraciadamente aquello sólo la ponía furiosa.

Piper apoyó las manos en sus caderas.

– Sé que tiene que haber alguna otra razón por la que has venido a verme. Explica eso de que es peligroso. ¿Para quién?

– Para ambos. Naturalmente, te proporcionaría protección para que no sufrieras ningún daño.

A Piper se le erizó el vello de la nuca.

– ¿Protección?

A pesar de su ímpetu, la repentina mirada de soslayo que le lanzó provocó en ella un sentimiento de inquietud.

– Son medidas necesarias -respondió solemnemente atrapando su mirada con aquellos ojos marrones-. Pero eso es algo que puede discutirse más tarde. Lo que está claro es que si te conviertes en mi esposa, contarás con el apoyo de toda la familia. Entonces podrás apreciar la gratitud de la casa de Parma-Borbón.

– ¡No quiero la gratitud de nadie!

Piper prácticamente escupió las palabras. Lo único que ella quería era el amor de Nic, pero eso era imposible.



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