«Ya voy, estéis preparados o no.»

Su padre había muerto de forma vergonzosa en la cama de su amante, un hecho que se había convertido en una de las bromas más repetidas de la alta sociedad. Para su madre no había tenido tanta gracia, ninguna en realidad, aunque sabía desde mucho tiempo atrás, como todo el mundo, que su marido le era infiel.

Menos él.

Al igual que sucedía con la longevidad, los hombres de su familia eran famosos por mantener una relación estable con sus amantes y los hijos que tenían con estas, al tiempo que mantenían a sus esposas y a sus descendientes legítimos. La relación de su abuelo con su amante acabó cuando la susodicha murió hacía unos diez años. Fruto de esa relación nacieron ocho hijos. En cuanto a su padre, dejó cinco hijos ilegítimos, todos bien establecidos.

Nadie podría acusar a los Wallace de no poner su granito de arena a la hora de aumentar la población del país.

Anna no tenía hijos, ni suyos ni de otro hombre. Sospechaba que su amante sabía cómo evitar la concepción, algo de lo que se alegraba. Por su parte, él tampoco tenía hijos de otras amantes.

Bien podría haber mandado a George solo, se dijo, concentrándose de nuevo en el presente. Bowen era perfectamente capaz de encargarse de ese asunto. Su presencia no era necesaria. Sin embargo, había descubierto que el deber imponía un estricto código de honor propio, de modo que por eso se encontraba en un rincón del país dejado de la mano de Dios, aunque según George era pintoresco; o más bien lo sería cuando la primavera decidiera aparecer.

Se habían alojado en la única posada de Throckbridge, un establecimiento muy rústico sin pretensiones; de hecho, ni siquiera tenía parada de postas. Su intención era la de proceder con todo ese asunto antes de que acabara la tarde. Albergaba la esperanza de emprender el viaje de regreso al día siguiente, aunque George había predicho que haría falta otro día, pudiera ser que dos más… y que incluso eso sería pecar de optimistas.



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