
Elliott la fulminó con la mirada.
Había ido a ese pueblo por un asunto de negocios. Los dos lo habían hecho. Aunque dicho asunto le resultaba muy irritante. Después de un largo y frustrante año durante el cual su vida había sufrido unos cuantos cambios radicales, había creído que por fin se había quitado de encima la parte más abrumadora de las obligaciones que había heredado con la repentina muerte de su padre. No obstante, esa obligación en concreto, que había salido a la luz poco antes por culpa de George, no acabaría en mucho tiempo. Y no era un descubrimiento que mejorara su ya de por sí agrio carácter.
Nadie esperaba que su padre muriese tan joven. Al fin y al cabo, su abuelo paterno seguía vivo y disfrutaba de muy buena salud, y dicha rama de la familia era famosa por la longevidad de sus miembros. De modo que había previsto muchos más años para seguir haraganeando y disfrutando de la vida ociosa de los jóvenes aristócratas que poblaban Londres, sin cargar con la seriedad que conllevaban las responsabilidades.
De repente, sin embargo, esas responsabilidades habían recaído en él, estuviera preparado o no. Como en el juego infantil del escondite.
