Podías cruzarte con ellos en la calle sin volverte a mirar. Chris medía un metro setenta y cinco; su cabello, ondulado y oscuro, comenzaba a encanecer, y le sobraban seis kilos como mínimo. Estaba muy erguido ante el banquillo y, aunque el traje se veía muy usado, la camisa estaba limpia y la corbata de rayas invitaba a pensar que era miembro de un club. En cuanto a sus zapatos, relucían como si les sacara brillo cada mañana. Su esposa, Sue, se hallaba a su lado. Su pulcro vestido floreado y el cómodo calzado denotaban una mujer ordenada y organizada; claro que ambos llevaban la clase de ropa que debían de ponerse para ir a la iglesia. Al fin y al cabo, consideraban que la ley era nada más y nada menos que una prolongación del Todopoderoso.

El juez Gray desvió su atención hacia el abogado de los señores Haskins, un joven al que habían elegido en función de sus honorarios antes que de la experiencia.

– Sin duda desea señalar que existen circunstancias atenuantes en este caso, señor Rodgers -observó el juez amablemente.

– Sí, señoría -admitió el recién licenciado abogado, al tiempo que se levantaba de su asiento. Le habría gustado explicar a su señoría que este era tan solo su segundo caso, pero no creía que su señoría lo considerara una circunstancia atenuante.

El juez Gray se retrepó en la silla, mientras se disponía a escuchar que el pobre señor Haskins había sido vapuleado por un padrastro cruel noche tras noche, y que la señora Haskins había sido violada por un tío malvado a una edad crítica, pero no. El señor Rodgers aseguró al tribunal que los Haskins eran vástagos de familias felices y equilibradas, y que habían ido al colegio juntos. Su única hija, Tracey, licenciada en la Universidad de Bristol, trabajaba ahora como agente de bienes raíces en Ashford. Una familia modélica.

El señor Rodgers echó un vistazo a su maletín antes de pasar a explicar cómo habían terminado los Haskins en el banquillo de los acusados. El juez Gray se sintió cada vez más intrigado por la historia y, cuando el abogado volvió a sentarse por fin, pensó que necesitaba más tiempo para reflexionar sobre la duración de la condena. Ordenó a los dos acusados que se presentaran ante él el lunes siguiente a las diez de la mañana, en cuyo momento ya habría tomado una decisión.



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