El señor Rodgers se levantó por segunda vez.

– Sin duda espera que conceda a sus clientes la libertad bajo fianza, ¿verdad? -preguntó el juez, al tiempo que enarcaba una ceja, y antes de que el sorprendido abogado pudiera contestar añadió-: Concedida.


Jasper Gray explicó a su mujer la grave situación en que se encontraban los señores Haskins el domingo mientras comían. Mucho antes de que el juez terminara de devorar sus costillas de cordero, Vanessa Gray le había ofrecido su opinión.

– Condénales a una hora de servicios comunitarios y después ordena a Correos que les devuelva toda su inversión -aconsejó, revelando un sentido común no siempre concedido al macho de la especie. Para ser justos con él, el juez dio la razón a su esposa, aunque le dijo que nunca podría emitir dicha sentencia-. ¿Por qué? -preguntó ella.

– Por los cuatro pasaportes.



Al juez Gray no le sorprendió encontrar a los señores Haskins en el banquillo de los acusados a las diez de la mañana del lunes siguiente. Al fin y al cabo, no eran delincuentes.

El juez levantó la cabeza, les miró y trató de adoptar un semblante serio.

– Ambos se han declarado culpables de los delitos de robo en una oficina postal y falsificación de cuatro pasaportes.-No se molestó en añadir adjetivos como ruines, atroces o vergonzosos, pues no los consideraba apropiados en esta ocasión-. En consecuencia, no me han dejado más opción que enviarles a la cárcel -continuó. El juez centró su atención en Chris Haskins-. No cabe duda de que es usted el instigador del delito y, teniendo eso en cuenta, le condenó a tres años de prisión.



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