
– Supongo que tienes razón. Aunque no creo que papá espere encontrarme un pretendiente en Cornwall. Sin duda me lo habría dicho.
– ¿Tú crees? No comparto tu opinión, querida. Como no tardarás en saber, los hombres son a menudo criaturas irritantemente reservadas.
Victoria no pudo discutirlo, sobre todo en lo que a su padre se refería.
– ¿Y por qué no iba a decírmelo? -Aun así, en cuanto la pregunta escapó de entre sus labios, supo la respuesta-. No me lo diría porque sabe que yo jamás aceptaría vivir tan lejos de la ciudad. Tan lejos de… -Agitó la mano para abarcar con ella toda la nada verde que tenía ante sus ojos-. Lejos de la civilización. ¿Cómo iba yo a no vivir en la ciudad durante la temporada? Y durante el verano, sin duda a no más de unas pocas horas de Londres, lo suficientemente lejos para disfrutar de una conveniente tranquilidad rural, y lo bastante cerca para gozar del torbellino social de la ciudad, las tiendas, y mantenerme al día de las últimas modas y de los últimos chismes.
Irguió la espalda contra el respaldo del asiento. ¿Podía tía Delia estar en lo cierto? De ser así, su padre estaba condenado a ser víctima de una dolorosa decepción, pues por muy encantadores que fueran el barón y el vizconde, Victoria nunca aceptaría un matrimonio que la atara, por ley, a un hombre que pudiera relegarla -y que sin duda la relegaría- a los desolados y remotos parajes de Cornwall. Un escalofrío la recorrió en cuanto lo pensó.
– Recuerdo que conocimos al vizconde Sutton en Londres hace unos años -dijo tía Delia-. Un joven apuesto.
– Sí. -Excepcionalmente apuesto, pensó Victoria. Aunque era el hermano menor de lord Sutton quien tanto la había turbado-. Pero, en lo que a mí respecta, daría igual que se tratara del hombre más bello del planeta. No estoy interesada en él.
