
– Entonces ¿estás segura de que te casarás con uno de ellos?
– Sí. -¿Por qué no echaba a volar su corazón ante semejante perspectiva? El matrimonio con cualquiera de esos dos hombres se traduciría para ella en una vida de lujos en la cúspide de la sociedad. Sin duda su mente estaba preocupada por la tarea que se había propuesto llevar a cabo en Cornwall. A buen seguro, el entusiasmo que debía sentir por sus pretendientes se haría manifiesto en cuanto completara su objetivo.
Tía Delia suspiró.
– Lo lamento mucho, querida.
– ¿Que lo lamentas? ¿Qué es lo que lamentas?
– Que no te hayas enamorado.
– ¿Enamorada?
Victoria rompió a reír. Sin embargo, incluso entonces, una punzada interna la sacudió. A menudo albergaba esa clase de estúpidas fantasías, como era propio de la mayoría de esas muchachas. No obstante, había madurado y, en un alarde de buen tino, había dejado a un lado tamaña estupidez.
– Sabes tan bien como yo que el amor es una pobre base para el matrimonio -dijo-. Sobre todo cuando hay implícitos apellidos, títulos, fortunas y propiedades familiares. El matrimonio de papá y mamá no estuvo basado en el amor. -La imagen del rostro de su madre se dibujó en su mente: era la imagen que Victoria llevaba en el corazón, en la que aparecía su madre sonriente y hermosa, antes de que la enfermedad le robara la vitalidad primero y luego la vida.
– Quizá no, pero llegó el día en que el afecto que sentían el uno por el otro floreció hasta convertirse en amor -dijo tía Delia-. No todas las parejas son tan afortunadas. Yo no lo fui.
Victoria dio un suave apretón a la mano de su tía en una muestra de compasión. La década que había durado el matrimonio de su tía viuda no había sido una época feliz en la vida de la señora.
– Tal como yo lo veo -prosiguió tía Delia-, la razón de que tu padre insistiera en que vinieras a Cornwall era ampliar tus horizontes. Que vieras otras partes del país, además de tus lugares predilectos de Londres, Kent y Bath. Que abrieras la mente, y el corazón, a nuevas experiencias y a otras gentes.
