Todo lo que había aprendido sobre modales pareció abandonarla y se limitó a balbucear, incapaz de poner freno al nervioso torrente de palabras que borbotaban de sus labios. Aunque la cabeza le ordenaba callar, que levantara el mentón y que se limitara a obsequiar a su acompañante con una larga y fría mirada, por motivos que no alcanzó a comprender, sus labios siguieron moviéndose y las palabras derramándose de ellos. Hasta que por fin él la silenció con un beso.

Una oleada de calor la abrasó al recordar aquel beso… aquel increíble beso con el que él la había dejado sin aliento, confundiéndole los sentidos, deteniéndole el corazón en el pecho y debilitándole las rodillas. Fue un beso tan breve… Demasiado. Victoria había abierto los ojos y se había encontrado con la mirada de él y con una sonrisa maliciosa en sus labios.

– Así que ha funcionado -murmuró entonces Nathan con un ronco suspiro. Al ver que ella se quedaba muda, él arqueó una ceja y dijo-: ¿No tiene nada más que decir?

Ella logró susurrar dos palabras como única respuesta:

– Otra vez.

Algo oscuro y delicioso había asomado a los ojos de Nathan, quien la deleitó con un tipo de beso distinto: una lenta, profunda y lujuriosa fusión de bocas y alientos, un apareamiento asombrosamente íntimo de lenguas que despertó todas y cada una de las terminaciones nerviosas del cuerpo de Victoria. Se pegó a él, colmada de una desesperación y de un deseo que no alcanzaba a comprender. Tan solo alcanzaba a saber que quería más, que deseaba que él no dejara de besarla. Pero no fue así y, con un gemido, él la tomó de los brazos y, retirándolos de alrededor de su cuello, la separó con firmeza de él.

Se miraron fijamente durante largos segundos y, a pesar de que Victoria se vio obligada a interpretar la intensa expresión que leyó en el rostro de él, tan aturdida estaba que le resultó del todo imposible. Luego los labios de Nathan se curvaron hasta esbozar una maliciosa sonrisa y tendió los brazos hacia ella.



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