
– Un interludio del todo inesperado y placentero, mi señora -susurró, tras lo cual, después de despedirse de ella con un guiño disoluto, salió apresuradamente de la habitación.
Temerosa de enfrentarse a su tía antes de recuperar el juicio, Victoria corrió a su habitación. De pie, delante de su espejo de cuerpo entero, se quedó perpleja al ver en él su reflejo. El perfecto peinado estaba salvajemente desordenado, el vestido arrugado, la piel encendida y los labios rojos e inflamados. Sin embargo, aun sin esas manifestaciones externas del apasionado intercambio con el doctor Oliver, la expresión de asombro y de descubrimiento que iluminaba sus ojos la habría delatado de inmediato.
El sentido común la conminaba a horrorizarse ante su más que sorprendente comportamiento, ante las libertades que le había concedido al doctor, pero su corazón se negó en redondo. ¿Cómo podía esperarse de ella que pensara con claridad cuando, por primera vez en su vida, lo único que deseaba era sentir? No había permitido a ninguno de los numerosos caballeros que habían intentado ganarse su favor durante la temporada que la besaran. Había soñado con su primer beso. Sin duda había planeado la escena al detalle, como lo hacía con todo en la vida: tendría lugar en los sobrios jardines, después de que el caballero en cuestión se lo hubiera solicitado y hubiera recibido su permiso. Sin embargo, en apenas un instante todos sus planes se habían desvanecido en una nube de vapor. Ni en sus más atrevidas fantasías habría osado conjurar nada semejante a los increíbles y mágicos momentos que había compartido con el doctor Oliver. No veía la hora de volver a verle, y después de lo que habían compartido, sabía que él se pondría en contacto con ella.
