
Muy bien, cuando llegara la hora de marcharse de Cornwall, Nathan se acordaría de ella. Había sido joven e impresionable, y él era lo suficientemente experimentado para saber que se estaba aprovechando de su inocencia. Había jugado con ella de un modo que sin duda Victoria habría olvidado y por el que podría haberse reconocido culpable de haber podido olvidarle. La idea de la venganza jamás se le había pasado por la cabeza hasta que, accediendo a las demandas de su padre, se había visto obligada a emprender ese viaje no deseado, hecho al que se sumaba la reciente adquisición de la Guía femenina. Aun así, gracias a ambos factores, se encargaría de que el doctor Oliver cayera por fin en el olvido. La Guía femenina aconsejaba vengar a esa clase de rufianes y enterrarlos en el pasado al que pertenecían, y Victoria estaba totalmente decidida a hacerlo. Flirtearía con él y le besaría tan despiadadamente como él lo había hecho con ella para luego marcharse, dejándole con recuerdos que atormentaran sus largas y oscuras horas entre el crepúsculo y el amanecer. Regresaría alegremente a Londres y se casaría con uno de sus barones, dejando por completo el episodio con el doctor Oliver tras ella. Sí, era un plan excelente.
La voz de tía Delia desvió su atención del paisaje.
– Según tu padre, el doctor Oliver es un gran médico, afirmación que estoy segura es correcta.
– ¿Por qué lo dices?
Los ojos de su tía centellearon.
– Era obvio que tenía muy buena mano para el trato con los enfermos. Tu padre también mencionó el interés del doctor Oliver por los temas científicos.
Victoria apenas logró contener la mueca que luchaba por tensarle los labios. Sin duda, Nathan disfrutaba clavando alas de insectos a plafones y esas cosas. Y, en cuanto a su profesión Bah. Una prueba más de que no era un auténtico caballero, pues ningún caballero que se preciara se dedicaría a un oficio.
