Pero Victoria no había estado tan equivocada en toda su vida. Nunca volvió a verle ni a saber de él.

Ahora, al contemplar desde la ventanilla del carruaje las interminables colinas verdes salpicadas de pequeñas casas de campo con sus techos de paja que marcaban la presencia de una nueva aldea, Victoria cerró los ojos y se avergonzó en silencio al darse cuenta de lo estúpida que había sido, ante la idiota expectación esperanzada que había regido su vida durante las semanas siguientes a aquel encuentro. Había buscado a Nathan en cada velada, esperando impaciente día tras día la llegada del cartero, sobresaltándose cada vez que oía el repiqueteo del llamador de bronce contra la puerta principal, anunciando alguna visita. No cayó ante la verdad a la que tan ciega había estado hasta una mañana a la hora del desayuno, seis semanas después de que el doctor Oliver le hubiera robado ese beso, cuando, sin darle mayor importancia, mencionó el nombre del joven a su padre. Con una sola frase, su padre había hecho añicos todas sus esperanzas. El doctor Oliver había regresado a Cornwall la mañana siguiente de su visita a la casa y no tenía intención de regresar a Londres.

Victoria recordaba aún la fiebre de humillación que la había abrasado. ¡Menuda estúpida había sido! ¡Había atribuido todos esos ideales románticos y heroicos a un hombre que no era más que un rufián! Un hombre que la había besado hasta hacerle perder el sentido sin la menor intención de volver a hablar con ella. Un hombre que le había robado su primer beso, un beso que hasta la fecha no había podido borrar de su cabeza cuando sin duda él ni siquiera debía de acordarse del encuentro. Era la primera vez en la vida que Victoria se había visto tan sumariamente despreciada, tratada con tanta mezquindad, y no le había gustado ni un ápice. Qué hombre tan grosero e insufrible. Quizá fuera un caballero por nacimiento, pero no había duda de que su educación y su moral brillaban claramente por su ausencia, puesto que no poseía un mínimo de modales.



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