Gracias también a Sue Grimshaw, Kathy Baker, Kay y Jim Johnson, Kathy y Dick Guse, Lea y Art D'Alessandro, y a Michelle, Steve y Lindsey Grossman.

Un ciberabrazo a mis alocadas Connie Brockway, Marsha Canham, Virginia Henley, Jill Gregory, Sandy Hingston, Julia London, Kathleen Givens, Sherri Browning y Julie Ortolon, y también a las Tentadoras.

Un agradecimiento muy especial a los miembros del Georgia Romance Writers.

Y por último, gracias a todos/as los/as maravillosos/as lectores/as que os habéis tomado el tiempo de escribirme o de enviarme vuestros correos electrónicos. ¡Espero seguir recibiendo noticias vuestras!

Prólogo

Cornwall, 1817

Nathan Oliver protegió contra su pecho la valija de cuero gastado llena de joyas robadas y se recostó contra la áspera corteza del inmenso olmo en un intento por recuperar el aliento. Un botín en toda regla… Ya casi he llegado. Ya casi lo he logrado, pensó. Solo tenía que cruzar el claro iluminado por la luz de la luna, entregar el botín al hombre que esperaba al otro lado del bosque y todo habría terminado. Por fin disfrutaría de seguridad económica durante el resto de sus días. Inspiró lenta y profundamente, hasta que el aire llegó al fondo de sus ardientes pulmones, calmando así su pulso acelerado. El corazón le retumbaba en el pecho, y no le costó percibir sus latidos en los oídos y en la boca del estómago. A pesar de que todas eran reacciones ya conocidas, experimentadas durante las docenas de veces que había obrado así anteriormente, en esta ocasión las sensaciones fueron más acusadas… por motivos que Nathan no dudó en dejar despiadadamente a un lado. Maldición, su conciencia elegía sin duda el momento menos conveniente para censurarle. Aun así, y a pesar de todos sus esfuerzos por impedir su intrusión, las dudas y la culpa que le habían acosado desde que había accedido a llevar a cabo ese encargo en particular seguían persiguiéndole. Olvídalo. Lo hecho hecho está. Limítate a terminar con esto, se dijo.



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