Con suma cautela, echó un vistazo desde detrás del árbol, con todos los sentidos alerta. La luna se ocultó tras una nube, sumiéndole en la oscuridad. Una brisa fresca, preñada de aromas marinos, sacudió las hojas, mezclándose con el canto nocturno de los grillos y con el de un búho cercano. Aunque todo parecía en calma, Nathan notó que se le cerraba el estómago, alerta; un instinto que muy buen servicio le había hecho en el pasado. Se quedó totalmente quieto durante dos minutos más, escudriñando, aguzando el oído, pero no detectó nada extraño. Se colocó el bulto bajo el brazo, asegurándolo mejor contra el cuerpo, inspiró hondo una vez más y echó a correr.

Cuando casi había alcanzado ya la protección del bosquecillo del otro lado, se oyó un disparo. Nathan se echó al suelo, dándose un doloroso golpe en el costado. Se oyó un segundo disparo de pistola en rápida sucesión, seguido por un sorprendido grito de dolor.

– ¡Cuidado! -exclamó alguien.

Se le heló la sangre en las venas. Demonios, había reconocido esa voz.

Se levantó, apoyándose en las manos, y corrió hacia el lugar de donde le pareció que procedía el grito. Tras un recodo del sendero, vio en el suelo una figura masculina. Con toda su atención puesta en el hombre derribado, no oyó el ruido a su espalda hasta que fue demasiado tarde. Antes de poder reaccionar, se vio empujado y a merced de un golpe que impactó directamente entre sus omóplatos y le hizo perder el equilibrio. La valija que contenía las joyas salió disparada de sus manos, pero otra mano, enfundada en un guante negro, se hizo con ella. Luego la oscura figura se desvaneció en la oscuridad, agarrando firmemente lo que segundos antes había pertenecido a Nathan. Sin apenas delación, espoleado por las afiladas garras del miedo, se levantó y corrió hasta el hombre que yacía en el suelo. Cayó de rodillas junto a él y miró los ojos colmados de dolor de su mejor amigo.



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