
– Según creo, el viejo lord Rutledge es un año menor que yo -dijo tía Delia en un tono seco como el polvo. Antes de que Victoria pudiera disculparse por su desacierto, su tía prosiguió-: Pero te olvidas del doctor Oliver.
Ojalá lo hubiera hecho ya… ojalá hubiera podido… pero lo haré. Después de esta visita, lograré exorcizarle de mi mente, pensó.
– No, no me olvido de él. Es solo que no me parece necesario sacar a colación su nombre, puesto que ni papá ni yo consideraríamos jamás las posibilidades de un candidato tan humilde, sobre todo cuando dos barones han manifestado ya su interés.
– No recuerdo haberte oído mencionar ni un solo tendre por Branripple ni por Dravensby, querida.
Victoria se encogió de hombros.
– Ambos son caballeros distinguidos y muy codiciados, procedentes de familias muy respetadas. Cualquiera de ellos sería un excelente partido.
– Es bien sabido que ambos pretenden desposar a una heredera.
– Como es el caso de muchos otros con nobles títulos y bolsillos vacíos. Siempre he sabido que se me querría por mi fortuna. Del mismo modo que siempre he sabido que tendría que hacer un buen matrimonio para asegurar mi fortuna. Ni que decir tiene que no puedo contar con que Edward será generoso una vez papá ya no esté entre nosotros.
Victoria reprimió un suspiro ante la mención de su hermano mayor. Por mucho que le doliera, era innegable que Edward, que en ese momento se encontraba en el continente haciendo solo Dios sabía qué, era un mujeriego irresponsable, jugador, pendenciero y borracho que a buen seguro se desharía de ella en cuanto su padre falleciera. Naturalmente, lord Wexhall la dejaría económicamente acomodada, pero Victoria deseaba formar una familia. Hijos. Y una firme situación en la sociedad.
– ¿No tienes la menor preferencia entre Branripple y Dravensby?
– En realidad no. Son de edad y temperamento similares. Había planeado pasar más tiempo en su compañía durante la temporada para así poder decidirme por uno de los dos.
