Sea pues la caoba y no se hable más de este asunto. A no ser para añadir cuán agradable y reposante es, después de bien sentados, y si la silla tiene brazos, y es toda ella de caoba, sentir bajo las palmas de las manos aquella dura y misteriosa piel suave de la madera pulida y, si curvo el brazo, el carácter de hombro o rodilla o hueso ilíaco que esa curva tiene.

Desgraciadamente la caoba, verbi gratia, no resiste a la carcoma como resiste el antes mencionado ébano o palo de hierro. La prueba ha sido hecha por la experiencia de los pueblos y de los madereros, pero cualquiera de nosotros, animado por un espíritu científico suficiente, podrá hacer su propia demostración usando los dientes en una y en otra madera y juzgando la diferencia. Un canino normal, incluso nada preparado para una exhibición de fuerza dental circense, imprimirá en la caoba una excelente y visible marca. No lo hará en el ébano. Quod erat demonstrandum. Por ahí podremos estimar las dificultades de la carcoma.

No será hecha ninguna investigación policial, aunque éste fuese justamente el momento propicio, cuando la silla apenas se ha inclinado dos grados, puesto que, para decir toda la verdad, el desplazamiento brusco del centro de gravedad es irremediable, sobre todo porque no lo vino a compensar un reflejo instintivo y una fuerza que a él obedeciese; sería ahora el momento, se repite, de dar la orden, una severa orden que hiciese remontar todo, desde este instante que no puede ser detenido hasta, no tanto el árbol (o árboles, pues no está garantizado que todas las piezas sean de tablas hermanas), sino hasta el vendedor, el almacenista, la serrería, el estibador, la compañía de navegación que trajo de lejos el tronco cepillado de ramas y raíces. Hasta donde fuese necesario llegar para descubrir la carcoma original y esclarecer las responsabilidades.



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