Es cierto que se articulan sonidos en la garganta, pero no conseguirán dar esa orden. Apenas dudan, todavía, sin conciencia de dudar, entre la exclamación y el grito, ambos primarios. Está por lo tanto garantizada la impunidad por enmudecimiento de la víctima y por inadvertencia de los investigadores, que sólo pro forma y rutina vendrán a verificar, cuando la silla acabe de caer y la caída, mientras tanto no fatal, estuviere consumada, si la pata, o pie, fue malévola y aun criminalmente cortada. Se humillará quien tal verificación haga, pues no es menos que humillante usar pistola en el sobaco y tener un trozo de madera carcomida en la mano, desmigándolo debajo de la uña, que para eso no necesitaría ser muy gorda. Y después apartar con el pie la silla rota, sin irritación por lo menos, y dejar caer, también caer, la pata inútil, ahora que se acabó el tiempo de su utilidad, que precisamente es la de haberse roto.

Fue en algún lugar, si se consiente esta tautología. Fue en algún lugar donde el coleóptero, perteneciese al género Hilotrupes o Anobium u otro (ningún entomólogo realizó peritaje ni identificación), se introdujo en aquella o en cualquier otra parte de la silla, desde la cual viajó después, royendo, comiendo y evacuando, abriendo galerías a lo largo de las venas más suaves, hasta el lugar ideal de fractura, cuántos años después, no se sabe, habiendo sido sin embargo discreto, considerada la brevedad de la vida de los coleópteros, pues muchas habrán sido las generaciones que se alimentaron de esta caoba hasta el glorioso día, noble pueblo, nación valiente. Meditemos un poco en esta obra pacientísima, esta nueva pirámide de Queops, si éstas son formas de escribir egipcio en español, que los coleópteros edificaron sin que de ella se pudiera ver nada desde fuera, pero abriendo túneles que de cualquier manera irían a parar a una cámara mortuoria. No es forzoso que los faraones sean depositados en el interior de montañas de piedra, en un lugar misterioso y negro, con ramales que primero se abren sobre pozos y perdiciones, allá donde dejarán los huesos, y la carne mientras no haya sido comida, los arqueólogos imprudentes y escépticos que se ríen de las maldiciones, en aquel caso se suele decir egiptólogos, en este caso se deberá decir lusólogos o portugalólogos, cuando les llega su hora.



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