su inconmovible hijita. ¿Y el pequeño Alfonso? Todavía era muy pequeño para que se pudiera opinar, pero parecía un niño normal y feliz.

El rey rogaba que la terrible enfermedad mental los hubiera perdonado, y que Isabel no hubiera aportado su tara a la casa real de Castilla, en detrimento de las futuras generaciones.

Jamás debería haberse casado con Isabel. ¿Por qué lo había hecho? Porque era débil; porque se había dejado llevar de otros.

A la muerte de María de Aragón, la madre de Enrique, naturalmente había sido necesario que Juan buscara nueva esposa, y el rey había creído que sería un gesto admirable aliarse con los franceses. Por ende, había pensado en casarse con una hija del rey de Francia, pero su querido amigo y consejero, Alvaro de Luna, había pensado de otra manera. Le dijo que él consideraba ventajoso para Castilla -y para sí mismo, pero eso no lo mencionó- establecer una alianza con Portugal.

¡Pobre y extraviado de Luna! Poco se imaginaba lo que habría de significar para él ese matrimonio.

A los labios del rey moribundo asomó una sonrisa al recordar a de Luna en los primeros días de su amistad con él. Alvaro había llegado a la corte como paje; apuesto y atractivo, de personalidad deslumbrante, era hábil como diplomático, airoso como cortesano, y Juan había caído inmediatamente bajo su hechizo. Lo único que pedía era permanecer en la corte y, a cambio del placer que le daba la compañía de ese hombre, Juan le había concedido todos los honores que ambicionaba. De Luna no sólo había sido Gran Maestre de Santiago, sino también Condestable de Castilla.

Oh, sí, pensaba Juan; he sido un mal rey, pues que me entregué por completo a los placeres. No tuve aptitudes de estadista, y tanto más delictuoso fue mi comportamiento cuanto que no era un estúpido y tenía ciertas inclinaciones intelectuales. No tengo la excusa de incapacidad para gobernar; si fracasé, fue por indolencia.



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