
Pero mi padre, Enrique III, murió demasiado joven y yo me convertí, siendo aún menor, en rey de Castilla. Hubo un regente que gobernó en mi lugar, ¡y qué bien lo hizo! Tanto, que aquello incluso me sirvió de excusa para entregarme al placer y despreocuparme del gobierno de mi país.
Pero lamentablemente había llegado el día en que Juan tuvo la edad necesaria para ser, y no sólo de nombre, rey de Castilla. Joven, apuesto, versado en las artes, se había encontrado con que muchas cosas le interesaban más que gobernar un reino.
Había sido frívolo y amante del esplendor; había llenado su corte de poetas y soñadores. Y él también era un soñador, tocado tal vez por la influencia morisca de su ambiente. Había vivido como uno de los califas de la leyenda árabe. Rodeado de sus amigos, se había sentado a leer poesía; había organizado coloridos espectáculos; en compañía de su león nubio domesticado, se había paseado por los magníficos jardines del Alcázar de Madrid.
El esplendor del palacio era tan notorio como la extravagancia y la frivolidad del rey. Y las penurias y la pobreza del pueblo iban de la mano con la frivolidad del rey. Se habían establecido impuestos para aumentar las rentas de los favoritos; en el país cundían la privación y la miseria. Eran los resultados inevitables de su mal gobierno, y si el país se había visto desgarrado por la guerra civil y su propio hijo Enrique se había puesto en contra de él, Juan se culpaba sólo a sí mismo porque ahora, en su lecho de muerte, veía con más claridad dónde había fracasado.
Y junto a él había estado siempre su amigo Alvaro de Luna, que tras haber empezado su vida humildemente, no pudo resistirse a la tentación de alardear de sus posesiones, de hacer ostentación de poder. Se había enriquecido aceptando sobornos, y donde fuera iba rodeado de lacayos cubierto de ornamentos de una magnificencia tal que oscurecían el séquito del rey.
Hubo quien comentara que de Luna andaba en brujerías y que a ellas se debía el poder que había alcanzado sobre el rey. Una falsedad, se decía ahora Juan. Si había admirado al brillante y ostentoso cortesano, hijo ilegítimo de una noble familia aragonesa, era porque en Alvaro encontraba la fuerza de carácter de que él mismo carecía.
