Juan era uno de esos hombres que parecen aceptar de buen grado la dominación de otros y, cuando accedió a la boda con Isabel de Portugal, se había mostrado tan dócil como de costumbre.

Si ese matrimonio no le había aportado mucha paz, para de Luna había sido el vehículo del desastre, ya que la novia era una

mujer de carácter fuerte, pese a su mal talante. ¿O fue simplemente la debilidad de él, y su miedo a los estallidos histéricos de Isabel?

-¿Quién es el rey de Castilla -le había preguntado ella-, vos o de Luna?

Juan procuró razonar con ella; le explicó qué buenos amigos habían sido siempre él y el condestable.

-Por supuesto, él os halaga -había sido la desdeñosa respuesta-. Os engatusa, como lo haría con el caballo que monta. Pero quien lleva las riendas es él; es él quien decide hacia qué lado iréis.

Fue durante el embarazo que culminó con el nacimiento de Isabel cuando empezó a acusarse la enfermedad de la reina, y entonces cuando Juan empezó a sospechar que ella llevaba en su sangre la terrible amenaza. En su angustia, se dispuso a hacer cualquier cosa para calmarla, con tal de no tener que enfrentarse con el tormento de haber, tal vez, introducido la locura en la herencia de la regia sangre de Castilla.

Isabel había insistido con empeño hasta conseguir la caída de de Luna, y ahora su marido se sentía amargamente avergonzado del papel que a él le había cabido; aunque procuró borrar esos pensamientos de su mente, no pudo. Alguna perversidad de su ser próximo a la muerte le obligaba a enfrentarse con la verdad como nunca lo hiciera antes.

Recordó la última vez que había visto a de Luna; recordó la amistad que le había demostrado, hasta el punto de que el pobre Alvaro se había tranquilizado, diciéndose para sus adentros que nada le importaba la enemistad de la reina mientras el rey siguiera siendo su amigo.



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