
En cuanto al propio Enrique, estaba impaciente por sentir el peso de la corona en la cabeza y decidido a conservar la popularidad de que gozaba. No dudaba de que podría conseguirlo, ya que tenía plena conciencia de su encanto. Calmoso y de buen carácter, tenía el arte de halagar a la gente, de encantarla de un modo infalible. Sin mostrarse condescendiente, condescendía a ser uno del pueblo, y en esa capacidad residía el secreto del amor que le profesaban.
Estaba resuelto a deslumbrar a sus súbditos: a reunir ejércitos y alcanzar victorias; a librar batalla contra los moros, que desde hacía siglos estaban en posesión de gran parte de España. Los moros eran los eternos enemigos, y con la promesa de iniciar una campaña en contra de ellos se podía siempre encender el entusiasmo fervoroso de los orgullosos castellanos. Enrique orga-
nizaría desfiles y espectáculos que les hicieran olvidar sus penurias, procesiones que les cautivaran la vista. Su reinado sería el reinado continuo de la emoción y el colorido.
¿Y qué era lo que quería Enrique? Quería sumirse en placeres cada vez mayores, es decir, placeres nuevos. Pero no serían fáciles de encontrar, para un hombre de tanta experiencia erótica.
Mientras Enrique esperaba se le acercó Blanca, su mujer, que también estaba ansiosa. ¿Acaso, cuando llegara la noticia, no sería reina de Castilla? Estaba deseosa de recibir el homenaje, de estar junto a Enrique y de jurar con él que servirían al pueblo de Castilla con todos los medios a su alcance.
Su marido le tomó la mano para besársela. No sólo era afectuoso en público; ni siquiera cuando estaban solos le demostraba su indiferencia. Jamás se mostraba activamente agresivo, ya que hacerlo hubiera ido en contra de su naturaleza. En ese momento, la mirada de afecto que le dirigió enmascaraba el disgusto que ella empezaba a provocarle.
