Hacía doce años que Blanca de Aragón era su esposa. Al principio, Enrique había estado encantado de tomar mujer, pero ella no se le parecía; era incapaz de compartir sus placeres, como lo hacían muchas de sus amantes. Además, como la unión había resultado estéril, Blanca ya no le servía.

Enrique necesitaba un hijo, y en ese momento más que nunca, de modo que últimamente había estado pensando qué curso de acción seguir para poner remedio a ese estado de cosas.

Era voluptuoso ya de muchacho, cuando no le habían faltado pajes, sirvientes y maestros que estimularan a un alumno muy bien dispuesto, pero siempre la explotación de los sentidos había sido para él más atractiva que el aprendizaje libresco.

Su padre era un amante de las artes que había llenado la corte de escritores, pero él no tenía nada en común con hombres como Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, el gran escritor, o como el poeta Juan de Mena.

Enrique se preguntaba qué habían hecho esos hombres por su padre. En el reino había imperado la anarquía y el rey se había hecho impopular; en la guerra civil, gran parte de sus súbditos se había puesto en contra de él. Juan II no podría haber logrado mayor impopularidad si hubiera perseguido el placer con el mismo tesón que ponía en ello su hijo.

Enrique estaba decidido a salirse con la suya y, al mirar a Blanca, decidió que, puesto que ella no era capaz de complacerle, debía salir de su vida.

-Entonces, Enrique, el rey se está muriendo -dijo su esposa con voz suave.

-Así es.

-Es decir que muy pronto...

-Sí, yo seré rey de Castilla. El pueblo está impaciente por llamarme rey. Si miráis por la ventana, veréis que ya están reuniéndose alrededor del palacio.

-Es muy triste.

-¿Es triste que yo sea rey de Castilla?

-Es triste, Enrique, que sólo podáis llegar a serlo a causa de la muerte de vuestro padre.



15 из 277