
En el palacio sucedía algo extraordinario, y algo, además, muy alarmante. Isabel se estremeció.
En los apartamentos reales se habían producido muchas idas y venidas, y la niña había oído cómo los mensajeros que atravesaban presurosos los patios se detenían para hablar en un susurro con otras personas que estaban en los salones y sacudían la cabeza como si profetizaran un horrible desastre, o presentaban ese aire de inquietud que -ella ya lo sabía- significaba que eran quizá portadores de malas noticias.
No se atrevía a preguntar qué era lo que sucedía, porque una pregunta así podría provocar un reproche que sería una afrenta a su dignidad. Y ella debía recordar constantemente su dignidad, decía su madre.
-Recuerda siempre -había dicho más de una vez la reina Isa-
bel a su hija-, que si tu hermanastro Enrique muere sin dejar herederos, tu hermanito Alfonso sería rey de Castilla; y si Alfonso muriera sin dejar descendencia, tú, Isabel, serías reina de Castilla. El trono sería tuyo de derecho, y que la desgracia caiga sobre quien intente arrebatártelo.
La pequeña Isabel recordaba que su madre había sacudido los puños firmemente cerrados, que todo el cuerpo se le había estremecido y que ella había sentido deseos de gritar: «Por favor, Alteza, no habléis de esas cosas», pero no se había atrevido. Tenía miedo de todo lo que pudiera alterar a su madre, porque cuando la reina se alteraba aparecía en ella algo terrorífico.
-Piensa en eso, hija mía -seguía diciéndole-. Es algo que nunca debes olvidar. Y cuando te sientas tentada de una conducta que no sea la mejor, pregúntate tú misma si eso es digno de quien puede ser un día reina de Castilla.
-Sí, Alteza, lo recordaré -contestaba siempre Isabel en esas ocasiones-. Lo recordaré.
Habría prometido cualquier cosa con tal de que su madre dejara de sacudir los puños, con tal de no ver en sus ojos esa mirada enloquecida.
