Y por eso lo tenía siempre presente, porque cada vez que sentía la tentación de perder los estribos, o incluso de expresarse con demasiada libertad, se le aparecía la imagen de su madre, cuando era presa de esas aterradoras actitudes histéricas, y no necesitaba nada más para dominarse.

Jamás permitía que su abundante pelo castaño estuviera en desorden; sus ojos azules se mantenían siempre serenos, y ya estaba aprendiendo a caminar como si llevara una corona sobre la cabeza.

-La infanta Isabel es muy buena -decían los sirvientes en el cuarto de los niños-, pero sería más natural si aprendiera a ser un poco humana.

-Yo no tengo que aprender a ser humana. Lo que debo aprender es a ser reina, porque a eso puedo llegar un día -habría podido explicarles Isabel, si hacerlo no hubiera estado por debajo de su dignidad.

En ese momento, por más ansiosa que estuviera de saber el motivo de la tensión que se percibía en el palacio, y de tantas

idas y venidas, de tantas miradas expectantes en los ojos de cortesanos y mensajeros, no preguntó nada; se limitó a escuchar.

Con escuchar se conseguía mucho. Isabel no había visto el fin del gran Alvaro de Luna, el amigo de su padre, pero había oído que lo pasearon por las calles, vestido como un delincuente común, y que el pueblo, que antes lo odiaba tanto que había pedido su muerte, había vertido lágrimas al ver caído a un hombre semejante. Había oído hablar de la forma en que subió al cadalso, con su porte tan calmo y una dignidad tal como si llegara al palacio a entrevistarse con el padre de Isabel, el rey de Castilla. Sabía que el verdugo había hundido el hacha en la orgullosa garganta para seccionar esa noble cabeza; sabía que habían cortado en pedazos el cadáver, para que al verlo el pueblo se estremeciera, para que recordaran cuál era el destino de quien, poco tiempo atrás, fuera el más caro amigo del rey.

Todas esas cosas se podían saber, escuchando.



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