Al llegar junto al lecho, ambos lo miraron de manera extraña.

En los ojos de la reina brillaba una mirada extraviada. Lo que lamenta no es la pérdida de su marido, pensó el rey; no es más que la pérdida del poder. «Madre de Dios», rogó para sí, «consérvale la cordura. Así podrá ser buena madre para nuestros pequeños, y cuidar de sus derechos. Permite que las preocupaciones que se abatirán ahora sobre ella no la encaminen por la vía que siguieron sus antepasados... antes de que sus hijos tengan la edad suficiente para cuidar de sí mismos.»

¿Y Enrique? Enrique lo miraba ahora con la mayor compasión, pero Juan sabía que las manos se le estremecían en la ansiedad de adueñarse del poder que no tardaría en ser suyo.

-Enrique, hijo mío -articuló-, no siempre hemos estado en los debidos términos de amistad, y mucho lo lamento.

-También yo lo lamento, padre.

-Pero no nos detengamos en las desdichas del pasado. Pienso ahora en el futuro. Dejo dos hijos pequeños, Enrique.

-Sí, mi señor.

-No olvidéis jamás que son vuestros hermanos.

-No lo olvidaré.

-Cuidad bien de ellos. Yo he tomado las debidas providencias, pero ellos necesitarán de vuestra protección.

-La tendrán, padre.

-Me habéis dado vuestra sagrada promesa, y puedo ahora descansar en paz. También os pido que respetéis a su madre.

-Así lo haré.

El rey expresó que se sentía cansado. Su mujer y su hijo se apartaron del lecho, para dejar que se acercaran los sacerdotes.

No había pasado media hora cuando la noticia se difundió por el palacio:

-El rey Juan II ha muerto, Enrique IV es ahora rey de Castilla.

La reina estaba lista para abandonar el palacio. Las mujeres de su servicio la rodeaban; una de ellas tenía en

brazos al pequeño Alfonso; otra llevaba de la mano a Isabel.

Envuelta en una capa negra, la pequeña esperaba, escuchaba, observaba.



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