En Castilla se sentía segura. Aunque le fuera infiel, Enrique era su marido; ella no le había dado hijos, que eran lo único que daba sentido a un matrimonio como el de ellos, pero aun así, Enrique se mostraba bondadoso. Indolente, lascivo, superficial; todo eso tal vez fuera, pero jamás se valdría contra ella de violencia física. En cambio, ¿cómo podía saber Blanca qué suerte podía correr si volvía a la corte de su padre?

En ese momento, él le sonreía casi con ternura.

Es indudable, pensó Blanca, que no podría sonreírme así si no sintiera por mí cierto afecto. Tal vez, como yo, Enrique recuerde nuestros días de recién casados, y sea por eso por lo que me sonríe tan tiernamente.

Pero, aunque siguiera sonriendo, Enrique apenas si se daba cuenta de su presencia. Estaba pensando en la nueva esposa que tendría una vez que se hubiera librado de la pobre, inservible Blanca; una mujer joven, naturalmente, a quien él pudiera modelar en vista de su propio placer sensual.

Una vez que mi padre haya muerto, se decía, seré dueño de mi libertad.

Tomó de la mano a Blanca y la llevó hacia la ventana. Al mirar hacia afuera, vieron que Enrique había estado en lo cierto al decir que el pueblo empezaba ya a congregarse, esperando con impaciencia, ansiosos de oír la noticia de que el anciano rey había muerto, y de que se había iniciado una época nueva.

El rey pidió a Cibdareal, su médico, que se acercara al lecho.

-Amigo mío -susurró-, esto ya no puede durar mucho.

-Preservad vuestras fuerzas, Alteza -rogó el médico.

-¿Con qué objeto? ¿Para vivir algunos minutos más? Ah, Cibdareal, yo habría llevado una vida más feliz y sería en este momento un hombre más dichoso si hubiera sido hijo de un

carpintero, en vez de serlo del rey de Castilla. Enviad en busca de la reina y de mi hijo Enrique.



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