
-Todo fue cosa de la reina -comentaban los sirvientes-. El rey... vaya, si el rey habría revocado la sentencia en el último momento, sí, pero... no se atrevió a ofender a la reina.
En ese momento, Isabel había sabido que no era ella la única temerosa de los extraños estados de ánimo de su madre.
La niña amaba a su padre, el más bondadoso de los hombres. Juan II quería que su hija estudiara sus lecciones para poder, como él decía, apreciar las únicas cosas que valían la pena en la vida.
-Los libros son los mejores amigos, hija mía -le decía-. Yo lo he aprendido demasiado tarde; ojalá lo hubiera sabido antes. Pienso, hija, que tú serás mujer prudente; por eso, cuando te confío este mi conocimiento, sé que lo recordarás.
Como era su costumbre, Isabel escuchaba con gravedad. Quería ayudar a su padre, que parecía tan fatigado. Sentía que ambos compartían un miedo del cual ninguno de los dos hablaría jamás.
Isabel se prometía ser buena, se prometía hacer todo lo que se esperaba de ella, temiendo disgustar a su madre. Le parecía que su padre, el rey, hacía lo mismo; hasta podía enviar al cadalso a su amigo más querido, Alvaro de Luna, porque su mujer se lo exigía.
Con frecuencia, la niña sentía que si su madre hubiera sido
siempre tan dulce y calma como podía mostrarse a veces, todos habrían sido muy felices. Isabel amaba tiernamente a su familia. Era tan grato, pensaba, tener un hermanito como Alfonso, que indudablemente era el niño más bueno del mundo, y un hermano mayor como Enrique -aunque no fuera más que su hermanastro-que era siempre tan encantador con su pequeña hermanastra.
Deberían haber sido felices, y podrían haberlo sido fácilmente, de no haber sido por ese miedo siempre presente.
-¡Isabel!
Era la voz de su madre, en la que vibraba levemente la aspereza de esa nota estridente que despertaba siempre las señales de alarma en el cerebro de Isabel.
