
-Es posible que tengamos que partir de un momento a otro... ¡de un momento a otro!
La reina empezó a reírse, pero seguía teniendo los ojos llenos de lágrimas. Silenciosamente, Isabel rogó a los santos que no se riera tanto que no pudiera detenerse.
Pero no, no iba a haber otra de esas escenas terroríficas. La reina dejó de reírse y se llevó un dedo a los labios.
-Mantente alerta -le dijo-. Seremos más astutas que él -acercó el rostro al de la pequeña-. Él jamás tendrá un hijo -continuó-. Nunca... ¡jamás! -de nuevo, estaba próxima a esa risa aterradora-. Es por la vida que ha llevado. Esa es su recompensa, y bien que se la merecía. Pero no importa, ya nos llegará el turno. Mi Alfonso subirá al trono de Castilla... y si por algún azar él no llegara a la edad viril, siempre está mi Isabel. ¿No es verdad, eh? ¿No es verdad?
-Sí, Alteza -murmuró la pequeña.
Su madre le tomó entre el pulgar y el índice la mejilla regor-deta, y se la pellizcó con tanta fuerza que a la niña se le hizo difícil impedir que las lágrimas acudieran a esos ojos azules. Pero ella sabía que la intención era la de un gesto de afecto,
-Mantente alerta -insistió la reina.
-Sí, Alteza.
-Ahora debo volver con él -anunció su madre-. ¿Cómo puede una saber qué es lo que se trama a sus espaldas, eh? ¿Cómo se puede?
-Verdaderamente, Alteza -respondió, obediente, Isabel.
-Pero tú estarás preparada, Isabel mía.
-Sí, Alteza, lo estaré.
Otro abrazo, tan vehemente que era difícil no dejar escapar un grito de protesta.
-No tardará mucho -dijo la reina-. Ya no puede tardar mucho. Mantente preparada y no te olvides.
Isabel hizo un gesto de asentimiento, pero su madre volvió a la tan repetida frase:
-Un día, tú puedes ser reina de Castilla.
-Lo recordaré, Alteza.
