
De pronto, la reina pareció calmarse. Se dispuso a partir y una vez más su hijita la saludó con una reverencia.
Isabel tenía la esperanza de que su madre no entrara en la habitación donde el pequeño Alfonso dormía en su cuna. La última vez que su madre lo había abrazado con aquella vehemencia, su hermanito había gritado. Pobre Alfonso, cómo se podía esperar que supiera que jamás debía protestar, que nunca debía hacer preguntas, sino limitarse a escuchar; pronto tendría edad suficiente para que le dijeran que algún día podría ser rey de Castilla, pero por ahora no era más que un niño.
Cuando se quedó sola, la pequeña Isabel aprovechó la oportunidad para colarse en el cuarto donde estaba su hermanito, en la cuna. Era obvio que el niño no percibía la tensión imperante en el palacio, pataleaba alegremente y gorjeó de placer al ver aparecer a su hermana.
-Alfonso, hermanito -murmuró Isabel.
El niño se rió, mirando a su hermana, y pataleó con más fuerzas.
-¿Tú no sabes, verdad, que algún día podrías ser rey de Castilla?
Furtivamente, Isabel se inclinó sobre la cuna para besar a su hermano. Con cautela, miró a su alrededor. Nadie había advertido su pequeña debilidad, y la niña se excusó ante sí misma por haber traicionado su emoción. Alfonso era un niño muy bonito, y ella lo quería muchísimo.
La reina de Castilla estaba arrodillada junto al lecho de su marido.
-¿Qué hora es? -preguntó él, y mientras su mujer se apartaba las manos de la cara, prosiguió-: Pero, ¿qué importa la hora? La mía ha llegado ya, y es ahora el momento de las despedidas.
-¡No! -clamó la reina, y el enfermo advirtió la creciente nota de histeria en su voz-. La hora no ha llegado todavía.
El rey volvió a hablar suavemente, compasivo...
-Isabel, reina mía, no debemos engañarnos. ¿De qué nos serviría? En breve habrá nuevo rey en Castilla, y vuestro marido, Juan II, empezará a convertirse en un recuerdo... y no muy feliz para Castilla, me temo.
