Ella había empezado a dar golpecitos sobre la cama con el puño contraído.

-No debéis morir aún, todavía no. ¿Qué será de los niños?

-Los niños, sí -asintió el rey-. No os excitéis, Isabel. Yo me ocuparé de que se cuide de ellos.

-Alfonso... -murmuró la reina- todavía está en la cuna. Isabel... ¡acaba de cumplir los cuatro años!

-Tengo puestas grandes esperanzas en nuestra enérgica Isabel -declaró el rey-. Y también está Enrique, que será un buen hermano para ellos.

-¿Como el buen hijo que ha sido para su padre? -preguntó ásperamente la reina.

-No es este el momento de las recriminaciones, esposa mía. Bien puede ser que hubiera desaciertos por ambas partes.

-Sois... sois blando con él... muy blando.

-Soy un hombre débil y estoy en mi lecho de muerte; lo sabéis tan bien como yo.

-Siempre fuisteis blando con él... como con todos. Aun cuando os encontrabais bien, os dejasteis gobernar.

El rey levantó débilmente la mano, pidiendo silencio, y prosiguió:

-Creo que el pueblo está satisfecho. Creo que está deseando feliz despedida a Juan II y dando la bienvenida a Enrique IV, en la esperanza de que sea mejor rey de lo que fue su padre. Pues bien, esposa mía, en eso es posible que tengan razón, porque mucho y muy lejos tendrían que buscar para hallar uno peor.

Empezó a toser, y los ojos de la reina se dilataron de espanto, aunque hizo un esfuerzo por dominarse.

-Descansad -clamó-. Por todos los santos, descansad.

Su temor era que el rey se muriera antes de que ella hubiera hecho sus planes. Isabel desconfiaba de su hijastro Enrique. Parecía de buena disposición, una especie de réplica de su padre menos intelectual y más voluptuoso, pero se dejaría manejar por los favoritos, que no tolerarían fácilmente que hubiera rivales al

trono y le insistirían sobre el hecho de que, si Enrique no satisfacía a sus súbditos, ellos se congregarían en torno de los pequeños Alfonso e Isabel. Es decir que había que estar alerta.



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