
– Eso no es probable. Ha dicho que se habían manipulado dos medicamentos, por tanto lo más probable es que ocurriera fuera del hospital, después de que estuvieran en posesión de Terry.
– Lo sé. Él lo dijo. Me dijo que iba a derivarlo a las autoridades. Tiene que hacerlo. Pero no sé quiénes serán esas autoridades ni qué harán. El hospital está en Los Ángeles y Terry murió en su barco a unas veinticinco millas de la costa de San Diego. No sé quién…
– Probablemente irá a la Guardia Costera en primer lugar y después lo cederán al FBI. Al final. Pero pasarán varios días. Podría moverlo si llamara ahora mismo al FBI. No entiendo por qué está hablando conmigo en lugar de con ellos.
– No puedo, al menos todavía no.
– ¿Por qué no? Por supuesto que puede. No debería acudir a mí. Vaya al FBI con esto. Dígaselo a la gente que trabajaba con él. Se ocuparán de inmediato, Graciela. Sé que lo harán.
Ella se levantó, se acercó a la puerta corredera y miró al otro lado del desfiladero. Era uno de esos días en que la capa de contaminación parecía que podía incendiarse de tan espesa.
– Usted era detective. Piénselo. Alguien mató a Terry. No pudo haber sido una manipulación casual, no con dos medicamentos diferentes de dos envases diferentes. Fue intencionado. Así que la siguiente pregunta es ¿quién tiene acceso a los medicamentos? ¿Quién tiene motivo? Van a fijarse primero en mí y puede que no miren más allá. Tengo dos hijos. No puedo arriesgarme a eso. -Se volvió y me miró-. Y yo no lo hice.
– ¿Qué motivo?
– Dinero, para empezar. Hay una póliza de seguro de vida de cuando él estuvo en el FBI.
– ¿Para empezar? ¿Significa eso que hay otra cosa?
Graciela miró al suelo.
– Yo amaba a mi marido, pero estábamos pasando por dificultades. Las últimas semanas él estuvo durmiendo en el barco. Probablemente por eso aceptó esa salida de pesca larga. La mayoría de las veces eran excursiones de un día.
