
– Descubrió manipulación.
– Quedaba una dosis diaria de Prograf, y CellCept para dos días más en los frascos. Los puse en una bolsa de plástico y los llevé a la clínica de Avalon. Yo trabajaba allí. Me inventé una historia. Les dije que una amiga mía encontró las cápsulas en el bolsillo de su hijo al hacer la colada. Quería saber qué se estaba tomando. Hicieron pruebas y todas las cápsulas eran placebos. Estaban llenas de un polvo blanco. Cartílago de tiburón en polvo, concretamente. Lo venden en tiendas especializadas y en Internet. Se supone que es algún tipo de tratamiento homeopático contra el cáncer. Es fácilmente digerible y suave. Contenidas en una cápsula tendrían el mismo gusto para Terry. No habría notado ninguna diferencia.
Graciela sacó del bolsito un sobre doblado y me lo tendió. Contenía dos cápsulas: ambas blancas, con pequeñas letras impresas en rosa en los lados.
– ¿Son del frasco?
– Sí, me guardé dos y llevé cuatro a mi amiga de la clínica.
Usé el sobre para recoger el contenido y abrí una de las cápsulas. Esta se separó fácilmente sin causar daño en las dos piezas del envase. El polvo blanco que habían contenido se vertió en el sobre.
Comprendí que no habría sido un proceso difícil vaciar el contenido original de las cápsulas y sustituirlo por un polvo inútil.
– Lo que me está diciendo, Graciela, es que en su última excursión Terry se estuvo tomando las pastillas que creía que lo mantenían vivo, pero éstas no estaban haciendo nada por él. En cierto modo, lo estaban matando.
– Exactamente.
– ¿De dónde salieron esas píldoras?
– Los frascos eran de la farmacia del hospital, pero podrían haberlos manipulado en cualquier parte.
Se detuvo y me dio tiempo para que asimilara la información.
– ¿Qué va a hacer el doctor Hansen? -pregunté.
– Dijo que no tenía alternativa. Si la manipulación se había producido en el hospital, entonces él tenía que saberlo. Podría haber otros pacientes en riesgo.
