Había sobrevivido para descubrir que, como Terry McCaleb, yo era padre. En los meses transcurridos desde entonces había aprendido a descubrir en los ojos de mi hija lo que Terry me había dicho en una ocasión que él había descubierto en los ojos de la suya. Yo supe buscarlo porque él me lo había dicho. Estaba en deuda con él por eso.

Graciela salió detrás de mí.

– ¿Hará esto por mí? Creo lo que mi marido dijo de usted. Creo que puede ayudarme y ayudarle a él.

Y tal vez ayudarme a mí mismo, pensé, pero no lo dije. En lugar de eso, bajé la mirada a la autovía y vi que el sol se reflejaba en los parabrisas de los coches que avanzaban por el paso de Sepúlveda. Era como un millar de ojos brillantes y plateados observándome.

– Sí-dije-. Lo haré.

4

Mi primera entrevista fue en los muelles del puerto deportivo de Cabrillo, en San Pedro. Siempre me había gustado ir allí, aunque rara vez lo hacía. No sé por qué. Es una de esas cosas de las que te olvidas hasta que vuelves a hacerla y entonces recuerdas que te gusta. La primera vez que estuve era un fugitivo de dieciséis años. Fui hasta los muelles de San Pedro y pasé mis días haciéndome un tatuaje y observando los barcos de atún que llegaban. Pasé las noches durmiendo en un remolcador que no estaba cerrado con llave, el Rosebud. Hasta que un capitán de puerto me pilló y me devolvió a la casa de acogida con las palabras Hold Fast tatuadas en los nudillos.

El puerto de Cabrillo era más nuevo que en mi recuerdo. Aquéllos no eran los muelles de pesca donde yo había ido a parar tantos años antes. Cabrillo Marina proporcionaba amarres para la flota de placer. Los mástiles de un centenar de veleros asomaban, detrás de unas verjas cerradas, como un bosque después de un incendio devastador. Más atrás había filas de yates de motor, de muchos millones de dólares.



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