Otros no. El barco de Buddy Lockridge no era un castillo flotante. Lockridge, de quien Graciela McCaleb me había dicho que era el compañero de su marido en el negocio de las excursiones de pesca y su amigo más cercano al final, vivía en un velero de diez metros de eslora que daba la impresión de que tenía en cubierta todo lo que podía contener uno de veinte. Era un basurero, no por culpa del barco en sí, sino por cómo lo cuidaban. Si Lockridge hubiera vivido en una casa habría tenido coches amontonados en el patio y paredes de periódicos apilados en el interior.

Me había abierto la verja desde el barco y había salido del camarote con unos shorts, sandalias y una camiseta gastada y lavada tantas veces que la inscripción que lucía en el pecho resultaba ilegible. Graciela había llamado para avisarlo. Lockridge sabía que quería hablar con él, pero no la razón exacta por la que deseaba hacerlo.

– Bueno -dijo al bajar del barco y pisar el muelle-. Graciela dijo que está investigando la muerte de Terry. ¿Es una cuestión del seguro?

– Sí, podría decirse.

– ¿Es usted detective privado o algo así?

– Algo así, sí.

Me pidió la identificación y yo le mostré la cartera con la copia laminada de mi licencia que me habían enviado desde Sacramento. Levantó una ceja en un gesto de perplejidad ante mi nombre formal.

– Hieronymus Bosch. Como ese pintor loco, ¿eh?

Era raro que alguien reconociera mi nombre. Eso me explicaba algo de Buddy Lockridge.

– Algunos dicen que estaba loco. Otros dicen que predijo el futuro con precisión.

La licencia pareció calmarlo y dijo que podíamos hablar en su barco o dar un paseo hasta la tienda de artículos náuticos para tomar un café. Me habría gustado echar un vistazo a su hogar y barco -era una estrategia básica de investigación-, pero no quería resultar demasiado obvio al respecto, así que le respondí que no me vendría mal un poco de cafeína.



15 из 314